El estrecho de Ormuz es uno de ellos.

Por allí circula una parte fundamental del comercio mundial de energía. Y en 2026, la guerra con Irán ha convertido nuevamente ese corredor estratégico en uno de los puntos de mayor riesgo para la economía global.

La situación está teniendo una consecuencia que va mucho más allá de Oriente Medio:

la energía vuelve a convertirse en una herramienta geopolítica de primer orden.

Reuters señala que las exportaciones de petróleo a través de Ormuz continúan restringidas seis meses después del comienzo de la guerra con Irán, mientras los mercados descuentan el riesgo de que la situación pueda prolongarse incluso hasta 2027.

La guerra que se convierte en inflación

Una guerra moderna no necesita alcanzar Europa o América Latina para producir consecuencias allí.

Basta con alterar una ruta comercial.

Si aumenta el riesgo sobre el petróleo:

→ sube el coste energético.

→ aumenta el coste del transporte.

→ aumenta el precio de determinados productos.

→ las empresas trasladan parte de esos costes.

→ la inflación vuelve a aparecer.

Y entonces el conflicto deja de ser exclusivamente militar.

Se convierte en un problema económico.

En Europa, además, el mercado energético sigue siendo especialmente sensible a cualquier perturbación relacionada con Oriente Medio.

Por eso Ormuz importa incluso para quien nunca haya oído hablar del estrecho.

Washington tampoco está encontrando una salida sencilla

La administración Trump enfrenta una situación particularmente compleja.

El presidente estadounidense llegó a la política exterior prometiendo capacidad para conseguir acuerdos rápidos, pero los resultados en varios de los principales conflictos internacionales están siendo mucho más difíciles de consolidar.

Ucrania continúa sin una solución definitiva.

Gaza sigue siendo un foco de enorme tensión.

Y el conflicto con Irán amenaza con prolongarse.

Reuters describía esta semana a Trump entrando en la recta hacia las elecciones legislativas de mitad de mandato con importantes dificultades para presentar grandes éxitos de política exterior.

Eso tiene una consecuencia política.

Cada conflicto exterior termina conectado con la política interna cuando afecta a los precios de la energía, la inflación o el bolsillo de los ciudadanos.

La geopolítica ya no se puede separar de la economía doméstica.

China también está moviendo sus piezas

Mientras Estados Unidos intenta defender su posición tecnológica y económica, China está desarrollando una estrategia cada vez más orientada a reducir vulnerabilidades.

Un análisis reciente de S&P Global señala que Pekín está pasando de una respuesta basada principalmente en aranceles a medidas más específicas dirigidas contra dependencias tecnológicas y mecanismos relacionados con las sanciones estadounidenses.

La lógica es sencilla:

Si la tecnología es poder, depender de la tecnología de otro país es una vulnerabilidad.

Y eso explica buena parte de la competición actual entre Washington y Pekín.

Semiconductores.

Inteligencia artificial.

Robótica.

Energía.

Minerales críticos.

Infraestructura digital.

Todo forma parte de la misma competición.

La guerra está cambiando de naturaleza

El elemento más interesante de esta nueva geopolítica es que los conflictos ya no se desarrollan únicamente en el campo de batalla.

También se libran en:

los mercados energéticos,

las cadenas de suministro,

los semiconductores,

los satélites,

las redes digitales

y las infraestructuras críticas.

La asociación entre tecnología y defensa es cada vez más evidente.

Esta misma semana, Reino Unido y Ucrania anunciaron una cooperación para desarrollar herramientas de inteligencia artificial destinadas a aplicaciones militares y de seguridad. Los sistemas ucranianos ya utilizan enormes cantidades de información procedente del campo de batalla para identificar objetivos y analizar imágenes de drones.

La guerra se está convirtiendo también en una competición tecnológica.

¿Y qué significa esto para Iberoamérica?

Mucho.

América Latina puede parecer alejada de estos conflictos, pero no lo está.

La región está conectada al mundo a través de energía, alimentos, materias primas, comercio y mercados financieros.

Un petróleo más caro puede afectar a países importadores.

Una guerra comercial puede modificar las exportaciones.

Una crisis de semiconductores puede encarecer productos tecnológicos.

Una desaceleración mundial puede reducir la demanda de materias primas latinoamericanas.

Pero existe también una oportunidad.

En un mundo que busca reducir dependencias, América Latina posee recursos estratégicos que pueden ganar importancia: minerales críticos, alimentos, energía renovable, cobre, litio y una posición geográfica privilegiada para determinadas cadenas de suministro.

La pregunta será quién consigue convertir esos recursos en poder económico y capacidad de negociación.

El mundo ya no funciona como antes

Durante décadas, la globalización se construyó alrededor de una idea:

comprar donde fuera más barato y vender donde hubiera demanda.

La nueva realidad es diferente.

Ahora los gobiernos también preguntan:

¿Es seguro depender de ese proveedor?

¿Puede ese país convertirse en adversario?

¿Tenemos una alternativa?

¿Podemos fabricar esto dentro de nuestras fronteras?

Ese cambio está redibujando el mapa económico mundial.

Y el estrecho de Ormuz es solamente una de las piezas de un tablero mucho mayor.

La gran transformación geopolítica de 2026 quizá no sea que haya aparecido un nuevo bloque mundial.

Es que economía, tecnología, energía y seguridad nacional están empezando a convertirse en la misma conversación.

Y para Europa y América Latina, entender ese cambio será fundamental para decidir dónde invertir, con quién comerciar y de qué depender durante las próximas décadas.